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  • Angel Gracia

Robar, Fumar, y el Mar por la Primera Vez



Yo vengo de una familia de ferroviarios. Los trenes guardan un lugar muy importante en mis memorias. A mi padre lo nombraron administrador (le llamaban factor) de una estación de trenes en Luceni, en la provincia de Zaragoza. Aquello era muy emocionante para mi hermano y para mí porque vivíamos en el segundo piso de la estación. De alguna manera uno se acostumbra a todo. Hasta al ruido de los trenes. Mi padre trabajaba mucho y le pagaban poco así que yo aprendí a robar.

Aquello era un centro de distribución de mercancía y pasajeros importante porque de allí salían los trenes a otros pueblos de la provincia. Mi padre decidía el rumbo de los alimentos como las frutas y las verduras que en la guerra eran más que escasas. Yo tendría unos seis anos y mi hermano ocho. A mí lo que me importaba era que teníamos conejos y gallinas. Cuando nos mandaban a buscar “lechacino” para que los conejos comieran nosotros aprovechábamos y nos robábamos los melocotones, uvas, y olivas de los huertos vecinos. Mi hermano era mi compinche. Tenía dos anos mas que yo pero yo era tan fuerte como él.

Estoy hablando de una época que no había ni electricidad. Osea, había un tipo que se arriesgaba a ir a la vía del tren a poner farolitos para que los trenes no se estrellaran contra la estación en las noches. A ese le llamaban “El guarda agujas”. En la mañana tenía que ir a quitar los farolitos para no gastar demasiado aceite. Además, el tipo tenía que ir manualmente a mover las vías del tren para que una maquina fuera por aquí y otra por allá. No había ni teléfono. Osea, si había, pero solo para llamar al pueblito justo al lado del tuyo. Si te querías comunicar con otro pueblo que no fuera tu vecino directamente tenías que pasar una manivela que se movía para hablar al pueblo pegadito al tuyo que a su vez llamaba al siguiente y así seguían en cadena hasta llegar al lugar que querías llamar. No todos los lugares tenían morse, pero en Luceni si había. Eramos importantes.

Por esta época aprendi a leer y escribir en la escuela del pueblo con Don Bernandino. Estoy hablando de un salón de clase para toda la primaria junta. A esas escuelas les llamaban “párbulos”. Me gustaba dibujar y pintar. No me gustaba las matemáticas y no había ciencias hasta el bachillerato. Mi color favorito era el amarillo. Con siete anos aprendí a fumar. Nos robábamos el tabaco que se envolvía en un papelito. No sé cuantas veces lo haríamos, pero si sé que mas de una vez me maree y vomité, lo que me metió en muchos problemas al llegar a casa. Era difícil tapar la peste a tabaco.

En este tiempo de la guerra todo era escaso. Nos habíamos reunido con los amigos no se cuantas veces a ver los pasteles de una tienda a través de la vitrina. Todo era carísimo. Las plumas de escribir eran igualmente caras. Pero en la estación le daban al jefe unas plumillas que se llamaban "Corona". Mi hermano y yo tuvimos una gran idea. Nos robábamos las plumillas del jefe, las vendiamos a otros niños y con ese dinero entrabamos a comprar los pasteles.

Lo del bullying no es nuevo. Recuerdo que siempre teníamos pandillas y mi hermano y yo nos la pasábamos peleando. Tirábamos bolas de barro seco a quien nos atacara y a veces nos equivocábamos y tierabamos una piedra. Eramos muy unidos, tal vez porque estábamos rodeados de problemas en todas partes incluido nuestro hogar. Mis padres tenían grandes peleas también y nos pegaban. Claro, aquello era normal en esa época. Todo el mundo guardaba una correa y una herradura detrás de la puerta. La correa era para pegarnos y la herradura para la buena suerte.

En la post guerra, ya yo tenía siete años y mandaron a mi padre al Alcossebre que no era una estación tan grande si no un simple apeadero arriba de una montaña. Era tan pequeña que tenía una sola vía para subir y bajar. Había que parar la circulación para que los trenes no chocaran. Yo tenía que bajar la montaña 5 kilómetros para llegar a la escuela. En esa montaña hubo una batalla grande y quedaban bombas y balas sin explotar así como esqueletos humanos y de animales. Esta escuela estaba, por cierto, justo al lado del mar, y era la primera vez que veía el océano. Veia la gente flotando en el agua y me preguntaba cómo podría ser posible.

Sorprendentemente, nuestros padres nos dejaban salir solos. Nosotros agarrábamos las balas, las poníamos en el piso y les tirábamos una piedra para que explotaran . Esto era divertidísimo. Lo único que nos daba miedo eran los esqueletos, sobre todo en la noche. Aquello era terrible. No había electricidad sino quinque. Lo peor era cuando te mandaban a buscar algo de noche afuera y te tropezabas con un esqueleto. Las tormentas también me aterraban. Tal vez porque de mas pequeño ya había sobrevivido una bajo un árbol. En esos días, solo me interesaba detonar balas viejas y esquivar esqueletos en la oscuridad, pero los siguientes años probarían ser vitales para crear a la persona que soy hoy en día. Continuaremos en nuestra próxima publicación.

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My name is Angel Gracia. I'm a certified Sea Monster with over 88 years of experience in the field.

 

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